| Nº 43 - AGO 00 | |
Boletín de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) Número 43 - Agosto 2000 Temas Editorial Dossier: Escrituras en la Facultad 1- La escritura en la Universidad: repetir o transformar, por Maite Alvarado y Marina Cortés 2- Su majestad los medios. Escritura académica y comunicación masiva, por Sergio Caletti 3- Ciencias sociales y literatura: ¿contradicción o complemento?, por Susana Finquelievich 4- El ensayo en ciencias sociales: una forma antropológica de la crítica, por Horacio González 5- La sociología y las palabras de los otros, por Norma Giarracca y Karina Bidaseca Avances de investigación 6- Elogio de la burocracia, por Mabel Thwaites Rey Polémicas 7- En defensa de Gino Germani, por Inés Izaguirre Los visitantes 8- Anthony Giddens, entre la política y la academia, por Pablo Livszyc Facultad 9- Archivo de la identidad. Abuelas de Plaza de Mayo, por Pablo Livszyc Reseñas 10- Peligro de gol de Pablo Alabarces, por Pablo De Biase 11- La dominación masculina de Pierre Bourdieu, por Carlos Mangone 12- El fin de la privacidad de Reg Whitaker, por Ignacio Perrone 13- Del moncada a Chiapas de Daniel Pereyra, por Gabriel Rot 14- La política en suspenso de Liliana de Riz, por Silvia Perez Fernández 15- Entrevista sobre el siglo XXI de Eric Hobsbawn, por Roberto Pittaluga EDITORIAL Este número de Ciencias Sociales encara desde distintas aristas una cuestión que nos resulta central a la hora de pensar las formas que adoptan la producción y la circulación de los conocimientos que se originan en la Facultad: la escritura. ¿Qué se escribe?, y también, ¿cómo se escribe?, ¿para quién se escribe? El plural “escrituras” da cuenta de la diversidad de géneros, estilos y formatos que tienen lugar en nuestro ámbito, diversidad que no es sinónimo de convivencia pacífica sino más bien de polémicas encendidas y textos híbridos: texto científico y texto literario, ensayo e informe, voz propia y voces de los otros, repetición o apropiación crítica y creativa, discurso académico y discurso mediático... Estas tensiones son abordadas por docentes e investigadores que reflexionan sobre su propia práctica de escritura, la de sus colegas y la de los alumnos. Apuntamos a que esta publicación sea un espacio para debatir los problemas de Ciencias Sociales, y los aportes que desde nuestro ámbito podemos postular hacia el conjunto de la sociedad. Con este ánimo, invitamos a los docentes, graduados y estudiantes a acercarnos propuestas para los números siguientes. El próximo tema central será la ciudad de Buenos Aires: qué cuestiones pueden aportar las Ciencias Sociales para pensar e intervenir en su presente. Los editores La escritura en la Universidad. Repetir o transformar [1] Por Maite Alvarado* y Marina Cortés** Un diagnóstico de cuáles son las prácticas escritas y las concepciones respecto de la escritura en nuestra Facultad, elaborado en el marco de un proyecto de investigación en curso, señala las dificultades que la gran mayoría de los estudiantes arrastra desde su educación media, así como la persistencia de una fuerte disociación entre los tipos de escritos que se promueven en este ámbito y el pensamiento crítico, expresado en tanto habilidad para reformular y discutir con la palabra de otros. La relación entre escritura y pensamiento ha sido abordada desde distintos enfoques en, por lo menos, los últimos 20 años. Todos esos abordajes coinciden en que la escritura promueve procesos de objetivación y distanciamiento respecto del propio discurso, que, al materializarse y fijarse, permite una recepción diferida, en la que el escritor evalúa su propio texto desde una perspectiva más próxima a la de un lector externo. Ese descentramiento permite la revisión crítica de las propias ideas y su transformación. Por eso se ha caracterizado a la escritura como herramienta intelectual y se ha insistido en la incidencia que su interiorización tiene en la transformación de los procesos de pensamiento. Por otra parte, desde una perspectiva social, la mayoría de las investigaciones coinciden en que, para que la escritura constituya una herramienta cultural, es requisito que existan instituciones y prácticas que propicien el intercambio de textos elaborados, lo que Mijaíl Bajtín denomina “géneros secundarios”, géneros escritos, que corresponden a situaciones comunicativas complejas, en las que los intercambios son formales y, en buena medida, mediados. Estos géneros demandan, para su composición y también para su recepción, habilidades y estrategias maduras de lectura y escritura, cuya adquisición y desarrollo exigen un entrenamiento sistemático y especializado. Este entrenamiento debería comenzar en la escuela secundaria y continuar en el nivel superior, que es la etapa en que los jóvenes están en condiciones óptimas, desde el punto de vista de su desarrollo intelectual y de su motivación, para encarar la lectura y la escritura de textos complejos. Sin embargo, la práctica escolar de escritura parecería obstaculizar más que favorecer el desarrollo de pericia en este terreno. En parte, puede deberse a la falta de motivación que deriva de que el único lector de los textos que se producen en la escuela sea el docente, que por añadidura jamás elegiría leer esos textos si no le pagaran por hacerlo, y que lee todos de la misma manera, buscando siempre lo mismo. En clase, los alumnos se limitan a demostrar por escrito (o lo intentan) que saben lo que se les pide, y el docente se limita a evaluar el contenido de los textos que le entregan. Desde luego que el docente es consciente de que el entrenamiento necesario para el desarrollo de habilidades de escritura maduras no se ha dado en la escuela; por eso se limita a evaluar el contenido y a lo sumo la normativa en los escritos de los alumnos. Es decir, en la escuela rara vez se enfrenta a los jóvenes a tareas de escritura que planteen desafíos interesantes, que se presenten como problemas y demanden, para su resolución, la puesta en práctica de estrategias diversas. Las razones de esta falencia son muchas y diversas; pero no es ese nuestro tema. Una línea de investigación particularmente prolífica en los últimos años en el campo de la psicología cognitiva es la que compara el desempeño de expertos y novatos en la resolución de tareas que se definen como problemas. Más allá de las diferencias que dependen del dominio específico, estas investigaciones coinciden en afirmar que existen algunas habilidades básicas, independientes del campo de conocimiento, que caracterizarían a los llamados “expertos”. Algunas de ellas se relacionan con la metacognición, es decir, con la conciencia de los propios recursos cognitivos y la capacidad de regularlos en función de la dificultad de la tarea. Otras remiten al campo de la creatividad, como la flexibilidad para evaluar el problema desde distintas perspectivas, para pensar alternativas de resolución y cambiar de estrategia sobre la marcha, de ser necesario. En el terreno de la escritura, distintas investigaciones señalan como característica de los expertos la habilidad para construir una representación retórica de la tarea, que tome en cuenta los datos de la situación comunicativa y las restricciones discursivas o genéricas, y la habilidad para adecuar el texto a esa representación (que tampoco es rígida, sino que puede modificarse a partir del desarrollo del mismo texto). Los psicólogos Marlene Scardamalia y Carl Bereiter, en un artículo titulado “Dos modelos explicativos de los procesos de composición”, publicado en la revista española Infancia y aprendizaje Nº58 (1992), sostienen que los escritores expertos o maduros transforman su conocimiento a partir de una representación retórica de la tarea de escritura; esta habilidad les permite construir enunciadores diversos y adecuarse a diferentes auditorios, así como reformular sus textos y producir versiones distintas en función de la situación. Según Scardamalia y Bereiter, la conciencia de las restricciones situacionales y discursivas mueve al escritor maduro a volver una y otra vez sobre el conocimiento almacenado en su memoria en relación con el tema del texto, en busca de nuevas informaciones que amplíen o especifiquen su enunciado, en busca de ejemplos, definiciones, etc. A veces, las objeciones que el escritor se plantea a partir del estado del conocimiento en el campo específico lo llevan a expandir lo escrito con notas y citas, a través de las cuales da ingreso a otras voces en su texto. En este proceso de reformulación, el escritor aprende o descubre nuevas asociaciones entre conocimientos que estaban archivados en su memoria, genera ideas nuevas. Se trata, por lo tanto, de un proceso de descubrimiento desencadenado por la representación retórica de la tarea de escritura y por la misma actividad de escribir. Por eso, cuando el texto está terminado, el escritor siente que sabe más que antes de empezarlo. La reformulación del propio texto para ajustarlo al género y a la situación repercute, así, sobre el contenido, cuyo conocimiento se transforma o, para decirlo en términos del sujeto, se “apropia”. No ocurre lo mismo con los escritores inmaduros. Según Scardamalia y Bereiter, los escritores inmaduros no tienen una representación retórica de la tarea de escritura, es decir, escribir no constituye para ellos un problema retórico; la adecuación al género y al destinatario no está dentro de sus preocupaciones. Por esa razón, se limitan a decir lo que saben por escrito, repiten el conocimiento que tienen archivado en la memoria en relación con el tema, y lo hacen en las formas conocidas o familiares. Para estos escritores (novatos o inmaduros), entonces, escribir es “decir el conocimiento”, decir lo que ya se sabe. En relación con este tema y en el marco de un proyecto UBACYT (CS-060) codirigido por Gloria Pampillo y Maite Alvarado entre 1995 y 1997, se relevaron concepciones de la escritura de alumnos ingresantes a la carrera de Ciencias de la Comunicación, a partir de un cuestionario diseñado a esos fines. Algunos resultados de ese relevamiento fueron expuestos por Maite Alvarado y Yaki Setton en un artículo (“Imágenes del escritor y de la escritura en el aprendizaje del escrito”) publicado en la revista Versiones Nº9 ( 1998). Allí se señalaba que dos representaciones -no excluyentes- se repartían el campo del sentido común más extendido en relación con la escritura: la que la concebía como un don natural y la que la consideraba un vehículo de expresión de contenidos preexistentes. En la primera, menos frecuente, el texto literario era el modelo del texto escrito y la actividad de escribir se concebía dentro de los límites de la metáfora de la “creación”, un proceso más o menos doloroso según los casos, pero que no requiere aprendizaje. En la segunda, por su parte, que exhibía los porcentajes más altos entre los alumnos encuestados, la escritura aparecía reducida a la dimensión de canal o medio de transmisión de mensajes. En esta versión, la metáfora más frecuente para referirse al proceso de escribir era la de “volcar en el papel” ideas, sentimientos, sensaciones, conocimientos, etc. La idea de “volcar” presupone un recipiente y un contenido que se vierte; la imagen remite, así, a un contenido preverbal que se expresa en la acción mecánica de “volcar”. Para la mayoría de los alumnos que iniciaban la carrera de Comunicación entre 1995 y 1997, por lo tanto, escribir era decir lo que se sabía. La persistencia de esta imagen, a su vez, nos vuelve a la carencia de experiencias de escritura desafiantes o transformadoras durante los años de escolaridad. ¿Y qué pasa en la Universidad? Este parecería ser el espacio para promover el desarrollo de estrategias maduras de escritura, que promuevan la apropiación crítica del conocimiento. Pero para que eso ocurra, es necesario, entre otras cosas, un entrenamiento en escritura de textos complejos y una reflexión que acompañe ese proceso y derive en criterios eficaces para la producción en distintos ámbitos de la vida académica y profesional. En una encuesta que realizamos en el marco del proyecto UBACYT TS-01 (“La escritura en la Universidad. Un estudio comparativo”), del equipo de cátedra coordinado por Maite Alvarado, se solicita a docentes de las carreras de Sociología y Ciencias de la Comunicación que indiquen cuáles son las modalidades de evaluación que utilizan en sus materias y qué se evalúa en los trabajos escritos, entre otras preguntas. A partir de las respuestas procesadas hasta el momento, examen, monografía e informe -en ese orden- son las modalidades de evaluación más difundidas entre las materias de dichas carreras. Por su parte, el contenido es evaluado en exclusividad en un 80% de los casos. En este sentido, no se aprecian diferencias entre el examen, la monografía y el informe: en los tres se evalúa si el alumno sabe, si adquirió los conocimientos que se enseñaron, si leyó los textos de la bibliografía y entendió. Otra pregunta de la misma encuesta solicita mencionar los principales problemas que se aprecian en los escritos de los alumnos. Allí aparecen mencionados en primer término los problemas de normativa gráfica y gramatical y, en lo referente al contenido, la falta de ideas propias y, correlativamente, la repetición de lo que dicen los textos de la bibliografía. Parecería, entonces, que los alumnos no ponen en juego estrategias de reformulación y no se apropian del conocimiento transmitido (lo que les permitiría transformarlo y reformular los textos que leen). Los alumnos dicen lo que saben, “vuelcan sobre el papel” lo aprendido. La estrategia de repetir lo leído o escuchado en clase es índice, por una parte, de la escasa conexión o relación que pueden establecer entre esos contenidos y sus esquemas de conocimiento previos (distancia que, en muchos casos, el docente debería preocuparse por “andamiar” para posibilitar el aprendizaje); por otra parte, la estrategia de memorizar o repetir expresa falta de recursos conceptuales y lingüísticos para reformular los textos que se estudian. No obstante, se trata de una carencia consciente; vale decir, los alumnos son conscientes de que enfrentan un problema y no están provistos de recursos suficientes para resolverlo de manera óptima. Por eso, se inclinan por la estrategia que consideran más adecuada: repetir el texto para no traicionarlo. Las “ideas propias”, cuya escasez se menciona en varias encuestas como deficiencia en los escritos de los alumnos, son peligrosas en estos casos. Las hipótesis personales no siempre son pertinentes y las reformulaciones (la estrategia de la “palabra propia”) no suelen ser bien recibidas. Es que el discurso científico o teórico suele estar reñido con el sentido común y no es fácilmente permeable a sinónimos y paráfrasis. En cuanto a la capacidad de relacionar o comparar teorías, requiere un conocimiento sólido y un entrenamiento previo en el procedimiento. La originalidad para relacionar textos, teorías, conceptos, y la riqueza de esas relaciones, son producto, en gran medida, de prácticas intensivas de lectura y escritura, de análisis, interpretación y elaboración de textos complejos. Por último, volvamos a la noción de desafío y a la noción de problema. La bibliografía especializada en temas de aprendizaje y conocimiento las menciona como facilitadoras (en algunos casos, incluso, como requisito) en la transición de la “ciencia pegada” a la apropiación del conocimiento. El desafío, en una situación de escritura, puede plantearse tanto desde el contenido (una consigna que demanda un cruce inesperado de textos o de conceptos) como desde las restricciones retóricas o discursivas (la exigencia de producir un texto que se encuadre en un género distinto a los habituales o se dirija a un auditorio nuevo). En estos casos, se plantea un problema retórico al alumno, y esa restricción lo obliga a buscar recursos, modos de decir, que inciden en el contenido, transformándolo. Esta es la función de un taller de escritura en la Universidad. Sin embargo, si el taller propone una práctica aislada de las demás materias, si la exploración de la escritura y sus potencialidades como herramienta de conocimiento y de comunicación queda acotada a ese único espacio curricular, obviamente se perderá lo poco o mucho que allí se haya logrado. Está claro que el lugar que se concede a la escritura como producción de textos significativos y exigentes es correlativo del tipo de relación que se propicia con el conocimiento y, en última instancia, del perfil de profesional que se privilegia: más o menos reflexivo, más o menos autónomo, más o menos crítico. * Profesora de la Carrera de Comunicación. ** Docente de la Carrera de Comunicación. AVANCES la práctica escolar de escritura parecería obstaculizar más que favorecer el desarrollo de pericia en este terreno la estrategia de memorizar o repetir expresa falta de recursos conceptuales y lingüísticos para reformular los textos que se estudian. No obstante, se trata de una carencia consciente; vale decir, los alumnos son conscientes de que enfrentan un problema y no están provistos de recursos suficientes para resolverlo La originalidad para relacionar textos, teorías, conceptos, y la riqueza de esas relaciones, son producto, en gran medida, de prácticas intensivas de lectura y escritura, de análisis, interpretación y elaboración de textos complejos Escritura académica y comunicación masiva Su majestad, los medios Por Sergio Caletti * “Yo no he leído un diario en mi vida. Me di cuenta, además, que algo que dura un día no puede ser muy importante, ¿no? ¡Ellos mismos se llaman ‘diarios’!” (Jorge Luis Borges, entrevistado por Gloria López Lecube en 1985). ¿Tiene alguna razonabilidad la ocurrencia de Borges? Tal vez ninguna. Pero la chanza ostenta otro valor, el de invitarnos a reflexiones a las que estamos relativamente poco habituados. 1. No nos referiremos a los medios en general sino a aquellas zonas —páginas, suplementos, programas— que los medios dedican al debate o a la llamada «cultura». Pues bien, hay cuando menos tres dificultades específicas en el abordaje de la relación entre escritura académica y estas zonas. Una de ellas es la relativa «naturalidad» con que estas relaciones se han establecido en la práctica, de una cierta manera (no cualquiera), entre intelectuales y responsables de los medios, con el acuerdo implícito de ambos, tornándose en una suerte de no-problema. Repárese, simplemente, cuán fuera de la agenda se sitúa la cuestión. Otra de las dificultades aludidas, asociada a la anterior, pasa por la delicada red de supuestos, pequeños intereses y criterios de discriminación que puede resultar tocada si acaso se coloca en tela de juicio una tan significativa fuente de prestigios y sus reglas de asignación. Una tercera dificultad, que da marco y desborda las dos anteriores, se vincula al hecho de cómo la cuestión roza de manera evidente la vasta, clásica y nunca saldada relación entre la producción/divulgación de conocimientos y las reglas del sentido común (y, por extensión, la complejidad del asunto una vez puesto en el territorio de los estudios sociales de la ciencia), sin por ello perder su densidad radicalmente actual, sus contornos de una problemática irreductible. Mencionar estas dificultades es un modo de aproximarse a su tratamiento. Y habría que agregar: habida cuenta de que estas dos entidades ahora construidas —escritura académica, zonas dedicadas al debate y la «cultura» en los medios masivos— constituyen una generalización abusiva, vistas sus complejas variedades. En un exceso de esquematización [vinculado a las condiciones de espacio para estas líneas] me parece relevante apuntar con algún énfasis a dos de los nudos implicados. El primero de estos nudos refiere al papel de los medios masivos en el sistema de producción académica. Veamos algunos de sus rasgos. 2. Demos por sobreentendida la importancia que, en el modelo canónico de producción científica —sobre todo desde T. S. Kuhn en adelante— ocupa la comunidad disciplinaria. Por cierto, en el campo de las ciencias naturales, los media desempeñan una función destacada, aunque a veces perversa [v.gr., las operaciones de la NASA para presionar por mayores presupuestos de investigación, o las informaciones de prensa en torno al genoma humano para mejorar la apreciación de los avances respectivos, etc.]. Pero en el caso de las llamadas ciencias sociales, y por razones que sería inoportuno o excesivo evocar aquí, los rasgos considerablemente más lábiles de las respectivas «comunidades académicas» desplazan de facto hacia los medios una porción significativa de aquellas tareas. Extremando términos, la relación entre escritura académica en ciencias sociales y medios masivos parece por momentos guardar más analogías con la relación que se establece entre el arte y la crítica de arte que aquella que enlaza los avances en ciencias médicas y las páginas de divulgación de los periódicos. Es a la más amplia y difusa comunidad de los sectores «cultos» —cuya visión general se forma en el contacto con páginas y suplementos— a quienes los cientistas sociales deben persuadir, conformar, encantar. Sobre la base de esta configuración puede desgranarse una variedad de puntos de intersección problemática. En ocasiones, el valor adquirido por una obra que tiene su origen en un trabajo académico se vincula marcadamente a la repercusión que alcanza en los medios. Ocurre asimismo que estos dispositivos de “éxito” (¿los nuevos administradores de la investigación los llamarían indicadores?) repercuten sobre la legitimidad del conocimiento producido y, finalmente, sobre su estatuto de validez. Alguna vez ha sido dicho que las ciencias sociales (a diferencia de las naturales) portan consigo una condena singular: de lo que ellas hablan, cualquiera parece poder hablar. Mientras la teoría explora, los medios comunican verdades. Atendamos, como ejemplo, al concepto de globalización. Se trata de un eje profusamente asumido tanto desde la escritura académica como desde los medios masivos. Desde lo académico, la discusión está abierta y, por cierto, lejos de haber llegado a su punto de cocción. Desde los medios, en cambio, se trata de un supuesto que opera cotidianamente como si tratara de una verdad ya definida y transparente. Una multitud de otros textos académicos, no abocados al debate específico, avanzan sobreentendiendo alguna noción ya sancionada. ¿El retorno del sentido común? Muchas de las tensiones (no necesariamente reconocidas) entre mundo y escritura «académicos» y páginas o programas «mediáticos» pueden entenderse como las que entablan dos regímenes diferentes de producción y circulación de enunciados. El de los medios cabe en lo que Dwight McDonald alguna vez llamó Midcult, esto es, lo que “finge respetar los modelos de la Cultura Superior, pero en realidad los rebaja y vulgariza” para adecuarlos a las lógicas del consumo masivo. Hay entre otros, un aspecto que no puede liquidarse, empero, en términos de esta crítica radical. Si la producción académica en el campo de, por caso, la biología molecular, tiene por destinatarios a los propios científicos, a los interesados en los desarrollos tecnológicos posibles, a las instituciones médicas y hasta los laboratorios, ¿puede desconocerse que en el caso de las ciencias sociales, entre los destinatarios de su escritura está incluido insoslayablemente aquello que ha dado en llamarse público? Las ciencias sociales están demasiado cargadas de las tradiciones intelectuales que provienen de las viejas humanidades (me atrevería a decir por suerte) como para sacudirse el afán de intervenir en la propia escena de los acontecimientos, el espacio público. He aquí, pues, un nuevo quid. Los medios masivos resultan todavía hoy (¿mañana, las NTI?) arquitectos por excelencia del espacio de lo público, y por ende, el lugar a través del cual oír la voz —leer la palabra— de los cientistas sociales. La pregunta es: ¿se trata de un camino sin peajes? 3. El otro nudo que referíamos más arriba tiene que ver con la creciente dependencia que tiende a establecerse entre los miembros de la comunidad académica y los medios masivos, tanto para la difusión de sus textos e ideas como para su propia consagración. ¿Cuántos cientistas sociales rehusan la posibilidad de escribir en un medio masivo? ¿Cuántos amasan su prestigio a través de sus páginas? ¿Cuántos entre nuestros más brillantes colegas han girado a cierta altura de sus carreras académicas hacia la publicación de textos rápidos de gran tirada y fácil lectura que pavimentan, luego, el salto a la televisión y a ser consultados como sabios en cuanta producción periodística sobrevenga? Las condiciones brutalmente precarias del trabajo académico y el narcisismo frecuente de los intelectuales parecen condiciones de producción por igual destacables en la base de estas tendencias. El problema se complica en la medida en que la figura del intelectual que los medios masivos tienden a construir —para sumar al decorado de sus páginas— no es precisamente aquella que inaugurara Emile Zola y emblematizara Jean-Paul Sartre, sino más bien la del fast-thinker a la que alude P. Bourdieu. No es lo mismo, claro está. El intelectual crítico rompe un molde con su escritura. El fast-thinker pregunta en qué molde le corresponde hacer uso de la palabra. Y espera fama. * Profesor de la Carrera de Comunicación. AVANCES Las condiciones brutalmente precarias del trabajo académico y el narcisismo frecuente de los intelectuales parecen condiciones de producción por igual destacables en la base de estas tendencias ¿Cuántos entre nuestros más brillantes colegas han girado a cierta altura de sus carreras académicas hacia la publicación de textos rápidos de gran tirada y fácil lectura que pavimentan, luego, el salto a la televisión y a ser consultados como sabios en cuanta producción periodística sobrevenga? Ciencias sociales y literatura: ¿contradicción o complemento? Por Susana Finquelievich* "Entre la ciencia y la escritura existe una tercera frontera que la ciencia tiene que reconquistar: la del placer". Roland Barthes La vida actual exige cada vez más un buen dominio de la escritura. La revolución informática, en vez de matar la palabra, la realza, la vuelve más necesaria que nunca. Internet, multimedia, e-mails, foros, comunidades virtuales, son otros tantos canales de circulación de textos. Beatriz Sarlo defiende el texto escrito: "Es indiferente el soporte material de la lectura: ¿una página impresa, un microfilm, la pantalla de una computadora, un holograma? En el límite, todos exigen esa capacidad infinitamente difícil: interpretar algo que ha sido escrito por otro. Leer es, siempre, de algún modo, traducir". ¿Existe una contradicción entre la "escritura" en general -incluyendo la literaria- y la redacción de textos científicos? Muchos lo creen así. La escritura en general estaría ligada al placer, mientras que la de textos científicos debe ajustarse al "rigor", a la "verdad", y por lo tanto, se asume que está alejada del placer de la redacción. Roland Barthes dice al respecto: "La noción de ‘escritura’ implica efectivamente la idea de que el lenguaje es un vasto sistema dentro del cual ningún código está privilegiado, o quizá mejor, un sistema en el que ningún código es central, y cuyos departamentos están en una relación de 'jerarquía fluctuante'. El discurso científico cree ser un código superior; la escritura quiere ser un código total, que conlleva sus propias fuerzas de destrucción. De ahí se sigue que tan sólo la escritura es capaz de romper la imagen teológica impuesta por la ciencia, de rehusar el terror paterno extendido por la abusiva 'verdad' de los contenidos y los razonamientos, de abrir a la investigación las puertas del espacio completo del lenguaje, con sus subversiones lógicas, la mezcla de sus códigos, sus corrimientos, sus diálogos, sus parodias; tan sólo la escritura es capaz de oponer a la seguridad del sabio- en la medida en que está 'expresando' su ciencia- lo que Lautréamont llamaba la 'modestia' del escritor". Es hora entonces de recuperar la escritura, no sólo como parte del "deber", del trabajo, sino de la gratificación, del deleite, conservando al mismo tiempo el rigor conceptual necesario a nuestras disciplinas. Para ello, como decía Barthes, es conveniente inspirarse en la literatura, prima hermana de las ciencias sociales y las humanidades. Antes de que las ciencias sociales se desarrollaran como tales, ya la literatura se ocupaba de estudiar la sociedad. La lectura de los libros de Émile Zola da una idea bastante exacta acerca de la sociedad francesa de su tiempo, del sistema de división en clases, de sus reglas explícitas e implícitas, posibilidades de movilidad social, etc. Lo mismo puede decirse acerca de A la búsqueda del tiempo perdido, de Proust, o de La edad de la inocencia, donde Edith Wharton desentraña los férreos códigos de la sociedad neoyorkina del siglo XIX. ¿Y qué decir de autores como Jonathan Swift, Jane Austen, Charles Dickens, Virginia Woolf y más recientemente John Dos Passos, Jorge Amado, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, entre otros muchos? En la Argentina, la literatura ofició de socióloga desde sus inicios: basta leer el mismísimo "Martín Fierro", algunos libros de Esteban Echeverría, o recordar los sainetes costumbristas. Luego, Ernesto Sábato, Leopoldo Marechal, Adolfo Bioy Casares, Vicente Battista, Abelardo Castillo, se encargaron de describir e interpretar los meandros de la sociedad argentina. Sería recomendable que los cientistas sociales que quieran a la vez dominar la escritura y captar los matices sutiles de la realidad sobre la que trabajan, se habitúen a tomar elementos de la literatura. Como plantea Pierre Bourdieu, ésta les aportará una visión más fina y flexible, que les ayudará en su tarea de profesionales. * Investigadora del CONICET, IIGG. AVANCE Es hora entonces de recuperar la escritura, no sólo como parte del "deber", del trabajo, sino de la gratificación, del deleite, conservando al mismo tiempo el rigor conceptual necesario a nuestras disciplinas El ensayo en ciencias sociales: una forma antropológica de la crítica Por Horacio González* El autor distingue entre el ensayo y el informe como formas de escrituras predominantes en la discursividad social. Si el segundo correspondería al producto de las disposiciones y los reglamentos del poder, en el primero imagina el gesto agudo y crítico, y también la belleza y la sugestión. La eficacia conceptual y también artística. El ensayo, si podemos definirlo sucintamente, es el movimiento de la escritura moderna y social. Corresponde al ciclo político de las inquietudes revolucionarias en la esfera de las naciones y al estilo de la investigación moral en la esfera de la cultura subjetiva. Su fuerza irremplazable consiste en poner en primer plano la pertinencia de las impresiones personales, sea bajo el modo del discurso argumentado (Rousseau) o de la compulsión dramática (Nietzsche). Es "impresionista" como modo eminente de presentar una queja doliente contra un mundo de cárceles espirituales, contra la infausta y difundida "jaula de hierro". El ensayo surge de la cuerda imaginaria que vincula el yo personal al sujeto colectivo que desea hacer visibles unos gestos de emancipación. En cambio, el informe sería la escritura del Estado y de la institución, la forma instrumental con la que un reino dispone su palabra ordenadora. El informe parte de una encomienda de los poderes, confirmándolos y protegiéndolos de preguntas nuevas. La postulación del informe es inmemorial y certera: el poder no está en la letra (como cree el ensayo) sino antes de la letra que sólo debe confirmarlo y preservarlo de examinaciones litigantes. Para el informe, lo esencial habría ocurrido antes de la escritura y ésta debe inhibirse del juego de la convocatoria social para entusiasmar apáticos. Es que visto desde el informe, el saber consiste en preservarse de los obstáculos que lo ciñen, antes que en develarlos como componentes del conocimiento. Pero, si estas fueran las únicas alternativas de escritura social, sería fácil optar por el ensayo. Apenas restaría saber resguardarse del uso de ese abusivo sello personal que en su momento Habermas, entre otros, ha llamado a evitar. Pero en verdad el ensayo "sin Estado" y sin "hechos fehacientes" no quiere estar reñido con el rigor que suele proclamar el informe ligado a "verificaciones fácticas" como a "estados de la cuestión". Porque si el ensayo debe cultivar el rigor y la economía monográfica, lo hace como severo sinónimo de belleza. Se trata de una belleza oculta, incluso enigmática, no declarada. Y algo más: la efectividad pública buscada, inspirada en la preocupación por las injusticias y abdicaciones en el mundo histórico-social, no obsta para que el ensayo ejerza su pudor, su ascetismo y en último análisis, su intento de redescubrimiento de la perfección conceptual. Su eficacia social es homóloga a su eficacia artística. Frente a eso, el informe sería rápido candidato al denuesto o al desprestigio. Permite suponerlo así el hecho de que es la prosa de las burocracias, de la circulación de órdenes. El informe mantendría entonces el juego ajustado de un ritual que controla la disciplina del lenguaje. Sería ese el modo de homologarse con la disciplina social. Pero este lenguaje que goza de su punto de honra mostrando su culpable estilo instrumental, también tiene algo sugestivo. Porque cuando renuncia a decir por sus propios medios, cuando exhibe orgulloso su servilismo hacia un sentido que estaría lejos suyo y no le pertenecería, enseña más de lo que parece. Muchas formas novelísticas lo han tomado como personaje lingüístico, por ejemplo, las de Puig o Fögwill, en el sentido de un "habla natural" forjada en las utilidades de la vida práctica, con sus secretos simbolismos. Y allí se ve que en el ritual o en el misario cerrado del informe (o del hablar "real") yacen atrapadas formas vivas anteriores que podrán ser liberadas, como acontece en los autores antes mencionados o - otro ejemplo posible - en el poema "Siglas" de Néstor Perlongher. El mundo del "papeleo" trafica conocimientos muertos pero allí hay una densa batalla que promete rescatar osamentas de la lengua para un nuevo ciclo vital. Por eso, hay una paradoja a resolver: el lenguaje "encantador" del ensayo, si ese sólo fuera su carácter, no puede trascender un juego personal de vanidad y engreimiento que desea decir mostrando su "arte" cuando en verdad el arte del ensayo debe permanecer soterrado. Es enérgico cuando se oculta o cuando se hace mero texto necesario. Así, mientras el lenguaje instrumental puede decir mucho en su voluntaria renuncia a remover napas fijas de significados, el ensayo puede arruinar su punto de partida emancipado si hace del arte un lucimiento voluntario, concediendo a lo bello en tanto fútil. En esta paradoja, lo inerte del informe puede hacerse "bello" y lo "bello" del ensayo se torna inanimado. ¿Cómo proceder entonces? La ciencia creyó resolver el problema escindiendo escritura e informe (dando lugar a veces al "escritor secreto científico") y el ensayo se creyó llamado al capricho frenético de la subjetividad. Lo cierto es que las ciencias humanas se desarrollaron como víctimas propicias de esta irresolución, pues en no pocos momentos la convocatoria a eludir el ensayo inhibió las obras, pero la fuga hacia la liberación escritural tampoco dejó mucho más que testimonios que poetizan desde el exterior de las cosas. La negativa a tratar la cuestión del ensayo no fue entonces un habilidoso avance de científicos exorcizando "intuicionismos", sino la renuncia misma a considerar las posiciones de escritura consustanciales a toda expresión de saber, a todo conocimiento, a toda ciencia. Porque el ensayo, bien entendido, no existe como concreción palmaria sino como fundamental imposibilidad. De ahí que su última ratio es la expresión personal como drama de lenguaje y respuesta singular, nunca generalizable, a la incerteza de los valores El ensayo consiste en la comprensión del dilema de esa imposibilidad. Y ella es lo contrario a pensar una forma de escritura canónicamente establecida "antes" del ejercicio reflexivo o de la pregunta por el ser social. Así, el ensayo es una actividad autocrítica de índole moral e intelectual antes que un "escribir suelto". Por eso encierra el núcleo de comprensión de todos los problemas que hoy paralizan a las ciencias sociales. Sólo considerando las promesas allí engarzadas y no barajando nuevos organigramas institucionales se podrá avanzar en reformas universitarias. Entonces serían reformas inspiradas en la trama interna de la praxis del conocer. Desde el discurso estadístico hasta el "tratado general", desde el informe hasta el discurso interpretativo, desde el pensar "more geométrico" hasta las retóricas perceptivas del fenomenólogo, tales serían las tramas por cuyos escalones habría que atravesar necesariamente para sentirse involucrado en una experiencia efectiva de conocimiento. Un "Tratado" puede ser caótico en su forma pero luminoso en sus descubrimientos conceptuales y en la densa frugalidad de su exposición (como Economía y sociedad). Como un informe puede ser un alegato repleto de insinuaciones morales (tal, el Informe Bialet Massé). Habrán sido tocados por el ensayo como forma textual de la crítica, como antropología radical del conocer. Profesor de la Carrera de Sociología AVANCE hay una paradoja a resolver: el lenguaje "encantador" del ensayo, si ese sólo fuera su carácter, no puede trascender un juego personal de vanidad y engreimiento que desea decir mostrando su "arte" cuando en verdad el arte del ensayo debe permanecer soterrado La sociología y las palabras de los otros Norma Giarracca* y Karina Bidaseca ** La investigación sociológica se nutre de las voces de los otros, los sujetos estudiados, que incorporan matices disonantes en el discurso académico. La “escucha” de la gente le demanda al sociólogo un concienzudo proceso de autorreflexión acerca de los tamices por los que se escucha y de las resignificaciones por las que se filtran las narrativas. Sobre esas cuestiones reflexionan las autores de esta nota, integrantes del Grupo de Estudios Rurales del Instituto de Investigaciones Gino Germani. La sociología y la antropología social poseen una larga tradición en investigaciones en las que los actores sociales o simples sujetos bajo estudio, son centrales tanto en los modos de indagación como en los textos resultantes. Recordemos, como ejemplos ilustres, el clásico trabajo de Thomas y Znaniecki de comienzos de siglo, The polish peasant in Europe and America, o el reciente trabajo magistral de Pierre Bourdieu La Miseria del mundo, sin olvidar, por supuesto, a Los hijos de Sánchez y el resto de las obras de Oscar Lewis. Esta tradición nunca perdió vigencia en la sociología; no obstante, durante los años del “consenso ortodoxo”, la hegemonía positivista y su obsesión cuantitativista, trataron de exilarla en la antropología o en la etnografía. Los sociólogos rurales evitamos, en parte, el mandato positivista por la fuerte influencia que la antropología ejerció sobre “los estudios campesinos”. Una investigación o una tesis sin “trabajo de campo” resultaban impensables y los grabadores fueron -y siguen siendo- nuestras herramientas más preciadas. Heredamos entrenamientos en estrategias metodológicas que valoraban la centralidad del sujeto y al investigador como intérprete en una relación de plena intersubjetividad Con la nueva teoría social posestructuralista, aquella tradición tomó una vigorosa actualidad y se expandió a diversas especialidades de la sociología. Se toman a los actores como recursos de inteligibilidad para comprender los acontecimientos, para producir conocimientos y, en muchas ocasiones, convierten sus narrativas en elementos centrales de los materiales resultantes (artículos, libros, etc.). Pierre Bourdieu, en su trabajo mencionado, se convirtió en el mejor exponente contemporáneo de esta sociología. En la teleconferencia a la que pudimos asistir unas semanas atrás, nos desafió precisamente a problematizar la sociología en sus posibilidades “socioanalíticas”, a partir de potenciar el espacio donde la gente se expresa en cuestiones profundas e importantes. Esta “escucha” de la gente le demanda al sociólogo un concienzudo proceso de autorreflexión acerca de los tamices por los que se escucha y de las resignificaciones (“traducciones” en términos de Long, 1992) por las que se filtran las narrativas, así como un entrenamiento interpretativo (teórico) que lleva tiempo. Los actores o los simples sujetos sociales tejen sus propias interpretaciones de los acontecimientos, pueden narrarlos de una forma o de otra, y una misma realidad puede ser representada por expresiones distintas, hasta incompatibles, por diferentes actores. Las narrativas orales son modos de argumentar; los actores en sus discursos realizan operaciones retóricas para convencer a sus interlocutores acerca de cómo interpretar los hechos narrados. En esta perspectiva los acontecimientos y procesos son obras de “sujetos activos y conocedores”, de “actores sociales”, y no resultados del impacto diferencial de grandes fuerzas sociales despersonalizadas sobre individuos pasivos o engañados por dispositivos ideológicos. Apelamos a los sujetos para obtener información, interpretaciones, gestos, etc., que son valiosos para la comprensión de una situación; pero, ¿qué destino damos a sus palabras, a sus intepretaciones?, ¿por qué incorporarlas o no?, ¿cómo y por qué brindarles un lugar en los textos? Para los sujetos, la producción textual que realiza el analista significa además de la posibilidad de ser escuchados, la de trasladar su experiencia privada al espacio de lo público. “Una oportunidad también de explicarse, en el sentido más completo del término, es decir, de construir su propio punto de vista sobre sí mismos y el mundo, y poner de relieve, dentro de éste, el punto a partir del cual se ven y ven el mundo, se vuelven comprensibles y se justifican, en principio para sí mismos” (Bourdieu, 1999: 536) [subrayado en el original]. En las formas textuales resultantes también se modifica el lenguaje del investigador; el sociólogo y el antropólogo se transforman en autores. La intervención del analista consiste en publicar las narrativas de los sujetos que hablan; en quebrar el límite de la interioridad trasponiendo la barrera del “simismo”, revelando a través de sus escritos la subjetividad del hablante. Se convierte así en intermediario entre éste y el lector, en traductor de la oralidad, de las expresiones gestuales, de las emociones, de los lapsus, y cómplice de los silencios, de aquellos que emiten su voz en una relación espacio-temporal única que lo incluye a él y al hablante y excluye al lector. La tarea del analista, por cierto privilegiada, requiere impregnarse de cierta ética que, conforme a un bálsamo, nos evite caer, presos de los deslices de nuestra propia subjetividad, en traducciones incorrectas o, peor aún, en tergiversaciones de sentido. Y eso es posible lograrlo, porque detrás de toda la construcción está la experiencia del investigador, su formación teórica, su “oficio”. Una tensión puede cobrar relieve: aquella que reside en la representación de la experiencia, tan rica y diversa, que desafía los postulados mismos de la escritura y nuestra propia capacidad de traducción. El sujeto de la voz crece en el texto, cobra autonomía - tal como cuentan los escritores que les ocurre con sus personaje- el sociólogo-autor se siente “en retirada”. Desde que Marcus y Cushman difinieron como ficción al “realismo etnográfico”, las críticas se profundizaron, y por consiguiente, se tendió a buscar la polifonía (despliegue de voces a veces en disputa) y a recrear esta plurivocalidad en el texto. Podemos asimilar de este modo, esta nueva concepción acerca del lugar de las voces en el texto, utilizando el concepto de “novela polifónica” que desarrolló Bajtin (1993), desde una concepción dialógica de la lectura, a partir de la novela de Dostoievski. En ella los personajes poseen voz propia, independiente de la voz del autor, y a menudo, estas voces se desarrollan en disonancia. Frente a los “textos realistas” de principios del siglo XX, los “textos modernos” introdujeron una reciprocidad de perspectivas entre el analista y los sujetos, y establecieron nuevos modos de textualidad: el diálogo; el discurso; los textos cooperativos y el surrealismo, entre otros. Las estrategias de incorporar las voces de los hablantes en el texto son variadas y creativas; no obstante, como expresa Bourdieu, “transmitir tales o cuales palabras no es dar realmente la palabra a quienes habitualmente no la tienen” (1999, 540). Unas décadas atrás, los intelectuales solían aplicar una estrategia que enunciaban como “otorgar voz a los sin voz”. En la actualidad, no se trata de una concesión que el sociólogo establece con los sujetos, sino que esas voces son parte constitutiva del discurso sociológico, necesitamos a los entrevistados en los abordajes, en las prácticas investigativas, en los textos. Acercarnos a comprender el mundo que nos rodea desde esta perspectiva, implica persuadirnos de que la esencia de la ciencia social se basa en que “ella extrae el significado de lo significativo”, penetrando hermenéuticamente en formas de vida, mundos laborales, políticos, culturales a través de acceder al testimonio de los miembros participantes, y logrando la “fusión de horizontes”. Se trata de captar discontinuidades, fracturas, contradicciones, los aspectos inexplicados, y de lograr una representación compleja y múltiple, fundada en la expresión de las mismas realidades en discursos diferentes, y abandonar el punto de vista único en beneficio de la pluralidad de puntos de vista coexistentes y a veces irreconciliables (Bourdieu:1999, 9). Bibliografía citada Bajtin,Mijail (1993) Problemas de la poética en Dostoievski, Fondo de Cultura Económica. Bourdieu, Pierre (dir.) (1999) La Miseria del mundo, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Hastrup, Kirsten (1992), “Writing Ethnography. State of the arte”, en Okely, J. y Callaway, J. (ed.), Anthropology and Autobiography, London, Routledge. Long, N. y Long, A. , (1992), Battlefields of Knowledge, Londres, Routledge. Long, N. y Villarreal, (1996), “Exploring Development Interfaces: From The transfer of Knowledge to Transformation of Meaning”, en Schuurman, F. (ed.) Beyond the Impasse, London, Zed Books. Marcus, G. Y Fischer, M. (1986) Anthropology as Cultural Critique, USA, University of Chicago Press. * Profesora de la Carrera de Sociología. * Docente de la Carrera de Sociología. AVANCES Se toman a los actores como recursos de inteligibilidad para comprender los acontecimientos, para producir conocimientos y, en muchas ocasiones, convierten sus narrativas en elementos centrales de los materiales resultantes Unas décadas atrás, los intelectuales solían aplicar una estrategia que enunciaban como “otorgar voz a los sin voz”. En la actualidad, no se trata de una concesión que el sociólogo establece con los sujetos, sino que esas voces son parte constitutiva del discurso sociológico SECCIÓN AVANCE DE INVESTIGACIÓN ELOGIO DE LA BUROCRACIA Por Mabel Thwaites Rey COPETE La tensión irresuelta entre políticos y administradores aparece analizada aquí como un elemento crucial que define la posibilidad misma de gobernar. Funcionarios, burócratas y tecnócratas intervienen en los asuntos públicos con legitimidades, estrategias y competencias distintas. Este artículo divulga parte de los avances del proyecto de investigación en curso “Política vs. Administración: variaciones sobre una recurrente relación conflictiva”, que se desarrolla en conjunto entre las Cátedras de Sociología Política y Administración y Políticas Públicas de la Carrera de Ciencia Política de esta Facultad. La teoría y la práctica se encargaron hace mucho tiempo de descartar cierta ilusión de cada nuevo gobernante de hacer un “borrón y cuenta nueva” drástico en la administración pública, equivalente a cerrar todas y cada una de las oficinas y expulsar a todo su personal, para refundarla con una mística y vocación diametralmente opuestas y cualitativamente superiores. Ni Lenin pudo hacerlo tras la revolución bolchevique. Y aunque para ello se pudiera contar con un inicial aplauso de los cansados ciudadanos, se toparía muy pronto con la realidad de que las oficinas públicas, además de hacernos demasiado a menudo la vida difícil, se encargan de la administración cotidiana y permanente de asuntos de la importancia de casarnos, educarnos, cuidar nuestra salud, recaudar impuestos, asegurar el cumplimiento de las normas urbanas, asistir a los más débiles y desprotegidos, por nombrar sólo algunas. Además de hacerlo en forma continuada, implican la posesión de capacidades técnicas y entrenamientos específicos que requieren, muchas veces, tiempos largos de adquisición. Esto viene a cuento de una tradicional tensión, conocida en la literatura especializada como la confrontación entre política y administración, que se plantea entre los funcionarios políticos que, encarnando el mandato popular democrático asumen la conducción del Estado para impulsar determinadas líneas de acción, y los funcionarios de carrera, quienes de acuerdo a su incumbencia profesional o técnica mantienen en funcionamiento la maquinaria estatal, según los lineamientos globales de política dispuestos por el gobierno. Resolver positivamente esta tensión es, precisamente, la clave de cualquier reforma exitosa. Más aún: es el elemento crucial que define la posibilidad misma de gobernar. Hay una visión muy arraigada en la sociedad, y especialmente abonada por la demonización estatal que impuso el neoliberalismo, sobre la inoperancia de la burocracia, su falta de capacidad y méritos, y su vocación constitutiva de perseguir sus propios intereses a costa de la sociedad. A ello se suma el acertado diagnóstico de una administración pública que tiene amplios segmentos dominados por el reclutamiento de tipo “clientelar” y no meritocrático, con las consecuentes baja calificación y escasa productividad de su personal. Pero aunque pueden encontrarse cientos de ejemplos útiles para ilustrar las falencias de los burócratas, es preciso tener en cuenta otros aspectos relevantes que explican el fenómeno. En primer lugar, la burocracia –es decir, la gente concreta que desempeña tareas en el Estado- no vive al margen de la sociedad, sino que es una parte de ella, de donde sus bondades y deméritos, sus aciertos y errores, están atravesados por los conflictos que la sociedad se plantea y le plantea para que resuelva en cada momento histórico. En segundo lugar, tanto su conformación –sus mecanismos de selección y permanencia- como su desempeño tienen una estrecha relación con el sistema político, porque las tareas que ejecuta y las modalidades que adopta son definidas en función de proyectos políticos cuya elaboración generalmente la trasciende. En este plano, la utilización de la estructura del Estado para paliar los déficit de creación de empleo en el sector privado –seguro de desempleo encubierto-, o para pagar favores personales o políticos y sostener la maquinaria partidaria general o de la agrupación interna –financiamiento político indirecto y oculto-, son consubstanciales a la forma que adopta la administración pública en nuestro país. En tercer término, aparece la cuestión relativa a la dicotomía política-administración, porque en la formulación de cursos de acción para cada una de las áreas del Estado resulta imprescindible la capacitación técnica que, no obstante todas sus límitaciones, en promedio poseen los agentes estatales que se desempeñan en ellas. Además, es sabido que no sólo en la definición del plan de acción interviene la política, sino que en la propia ejecución de un proyecto determinado –la “administración”-, interviene también la “cuestión política”, torciendo, adaptando o cambiando rumbos y estrategias. Y ello no ocurre en razón de la perversidad intrínseca de los burócratas, sino porque las pujas políticas atraviesan inexorablemente a la administración, superponiendo caóticamente decisiones contradictorias. Frente a esta realidad, aparece un elogio desmedido de la tecnocracia, que induce a creer que existen razones “técnicas” autónomas e incuestionables, que no admiten valoraciones ni opciones diversas. De este modo, sólo se trataría de elegir al mejor técnico posible, el que tenga las óptimas calificaciones requeridas, sin importar sus demás valores y creencias ni su procedencia y trayectoria. Esto equivale a pensar que existe un solo modelo de acción posible, y se trata meramente de seleccionar a la persona más apropiada para implementarlo. Este enfoque pretende eliminar por completo de la escena las “molestias” de la política, entendida en el sentido de discusión y lucha legítima entre distintos intereses, visiones y alternativas en juego. Pero está claro que en la opción tecnocrática la política permanece, pero encarnada en la perspectiva –los intereses- que logra hacerse hegemónica y aparecer como razón técnica, no política. La visión opuesta hace caso omiso a las capacidades específicas que se requieren para conducir los segmentos especializados del Estado, y aunque no se lo exprese públicamente así, somete al sector público a los vaivenes de la “política” en su acepción más estrecha y desprestigiada de lucha partidista o de apetencias personales. De modo tal que los funcionarios políticos, e incluso los que ocupan cargos que implican conocimientos técnicos, terminan siendo elegidos en función casi exclusiva de las pujas, negociaciones y tácticas de poder que atraviesan a los gobiernos. En tal sentido, cuanto más compleja sea la coalición política gobernante, más tenderá a volcarse sobre el aparato del Estado el esquema de reparto de oficinas y puestos en función de criterios de negociación política entre los distintos sectores partidarios. De modo tal que la ocupación de los cargos políticos se hará en función a la disponibilidad de cuadros del sector político al que le ha sido asignado cada segmento estatal específico, con independencia de los parámetros de formación profesional para su ejercicio. La capacitación necesaria para manejar asuntos complejos del sector público queda así completamente desvirtuada y la eficiencia librada a la casualidad de que en el reparto político el sector a cargo de un área tenga en su línea personas idóneas para ocuparla. Donde se juega verdaderamente el destino de cualquier reforma es en las segundas y terceras líneas de conducción política. En este plano aparecen las dos cuestiones clave. Una es la relativa a la necesidad de que los cargos de naturaleza eminentemente política, que definen cursos de acción, sean ocupados por personas compenetradas con el proyecto político gubernamental y comprometidas en su implementación. La otra plantea la exigencia de capacitación específica para satisfacer las demandas de la sociedad. Porque la falta de idoneidad para conducir agencias públicas con solvencia técnica por parte de los funcionarios políticos, puede derivar en problemas serios de articulación con la llamada “línea” de funcionarios técnicos –permanentes o contratados-, que son los encargados, en rigor, de llevar a la práctica los lineamientos trazados. La legitimidad que supone ser portador de un proyecto político consagrado en las urnas no exime a los funcionarios políticos del deber de conocer el ámbito en el que van a desempeñarse, ni de tener con el cargo que ocupan un compromiso más profundo que el de mero trampolín hacia otras metas más apetecibles, o de coto partidario para manejar una cuota de poder y utilizarlo con criterios clientelares. El problema es que, histórica y genéricamente, los partidos no han trabajado demasiado en mejorar la calidad de sus cuadros, con nefastas consecuencias para el sector público. Poco suelen tener que ver los equipos técnicos que, en forma permanente o en los períodos de campaña electoral, se reúnen para discutir y diseñar plataformas de acción gubernamental en las diferentes áreas, con quienes efectivamente ocupan cargos públicos en ellas tras el triunfo electoral. De esto se deriva que la estrategia del funcionario político que asume un cargo para el que no está capacitado, a menudo es ignorar, por desconfianza o ineptitud, el aporte específico de los funcionarios técnicos de planta o contratados. En cambio, se rodea de asesores que, en el mejor de los casos, conocen el tema pero actúan desligados de y superpuestos a la estructura permanente (“burocracia paralela”), con sueldos más altos pagados con financiamiento externo especial, generándose así resentimientos, incoherencias e ineficiencias mayores que las que se aduce querer remediar. Ello sin contar que este personal contratado suele terminar engrosando la nómina de agentes estatales, en muchos casos habiendo ingresado para asesorar en un tema que desconoce, e incluso tras concursos diseñados “a medida” y sustanciados con el propósito de dejar ocupados con gente “leal” los cargos políticos estratégicos, más allá de la finalización –sea por cumplimiento de mandato o por un cambio de gabinete- de la gestión política que los designó. El otro peligro simétrico es el abandono de las decisiones políticas importantes en manos de tecnócratas cuyo principal compromiso es con la valoración profesional de sus pares locales o del exterior, que los juzgan según los paradigmas hegemónicos sobre lo que “es debido”. Porque la primacía del concepto pretendidamente “ascéptico” de carrera técnico-académica puede conducir a la definición de políticas públicas en función de estrategias diseñadas en centros de poder muy lejanos de las valoraciones políticas mayoritarias. Para movilizar la enorme cantidad de energía requerida para producir transformaciones significativas en el sector público hace falta, más que recetarios novedosos y además de objetivos claros, metas concretas y firmeza en la decisión política de llevarlas a cabo, capacidad de conducción y liderazgo intermedio para despertar la imprescindible motivación hacia el cambio y el compromiso con la labor cotidiana. Porque nada muy glorioso podrá concretarse si los que conducen no tienen un conocimiento profundo del área del Estado que manejan y no se ganan el respeto y el concurso activo de los agentes públicos que, guste o no, deberán protagonizar la transformación del Estado. Para lograrlo, también hay discrepancias en las estrategias. Quienes parten del prejuicioso estereotipo de la indolencia e ineptitud crónica, cuasi genética e incorregible del “especimen empleado público”, creen que la solución pasa por disminuir mucho más la cantidad de empleo estatal estable, poner los salarios del sector público por debajo de los privados y aplicar con rigor reglas rígidas que establezcan una disciplina de trabajo más férrea. Cuentan a su favor con un contexto de desocupación y precarización generalizada en el ámbito privado que ayuda a ablandar las resistencias a aceptar condiciones laborales menos favorables. Sin embargo, este tipo de estrategia puede tener un efecto disciplinador de corto plazo, pero difícilmente sirva para generar una transformación profunda y en un sentido progresista. Para que ella pueda plasmarse y afianzarse, en cambio, es imprescindible la consideración fundamental de los intereses, valoraciones, necesidades y aspiraciones de los ciudadanos, incluidos los propios empleados del Estado. Ello requiere abrir las organizaciones estatales a la sociedad, transparentando y simplificando sus actividades, de modo tal de lograr una alianza estratégica entre los servidores públicos y los ciudadanos, en pos no solo de mejores servicios sino de una mejor calidad de vida democrática. Claro que hacer realidad esta aspiración exige, nada más ni nada menos, la conformación de una voluntad política firme, convencida y convincente, capaz de movilizar a las mayorías en un proyecto que las tenga como protagonistas principales. * Profesora de la Carrera de Ciencia Política. AVANCES La utilización de la estructura del Estado para paliar los déficit de creación de empleo en el sector privado o para pagar favores personales o políticos y sostener la maquinaria partidaria general o de la agrupación, son consubstanciales a la forma que adopta la administración pública en nuestro país Quienes parten del prejuicioso estereotipo de la indolencia e ineptitud crónica, cuasi genética e incorregible del “especimen empleado público”, creen que la solución pasa por disminuir mucho más la cantidad de empleo estatal estable Sección Polémicas En defensa de Gino Germani Por Inés Izaguirre* En junio nuestra Facultad consagró con el título de Dr. Honoris Causa a dos figuras internacionales: Anthony Giddens y Octavio Ianni. Durante la presentación de Ianni, el 29 de junio –a cargo de Santos Colabella por enfermedad de Dora Barrancos- se produjo un hecho inesperado: para elogiarlo, Colabella no halló mejor recurso que denostar la figura del fundador de nuestra Carrera. Sus argumentos reiteraron lo que en los 60 levantaba un grupo de alumnos, Colabella entre ellos: Germani era “pro-yanqui”, o, como lo dijo ahora, “miraba al Norte”. Quiero confrontar ese juicio falaz e injusto, en este espacio brevísimo, porque la mayoría de los profesores de nuestra Carrera no conocieron a Germani y los alumnos no saben quién fue, y porque en esta era “mediática” se confunde al sociólogo con el opinador que “interpreta” la realidad sin investigarla, sin saber cómo se construyen las condiciones de un proceso que va de menor a mayor conocimiento, que Germani luchó por instalar. Gino Germani llega de Italia en 1934 como exiliado político, a los 23 años, luego de permanecer preso por antifascista entre 1930 y 1931, en la isla de Ponza, o “del Confine”, cuando sólo tenía 19 años [1] . Hijo de un militante socialista, traía una buena formación en economía. En Buenos Aires se inscribe como estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras. Allí, en 1940, empieza a funcionar el Instituto de Sociología, dirigido por Ricardo Levene [2] , titular de la cátedra de Sociología desde 1918. Levene invita al Instituto como “adscriptos” a personajes ideológicamente muy diversos. Esta pluralidad era un atisbo –débil hasta entonces- de los efectos de la Reforma Universitaria en la UBA. Las brillantes colaboraciones de Germani son reconocidas por Levene en las actas del Instituto. En el Boletín del Instituto de 1942, siendo todavía estudiante, publica un estudio sobre la clase media de Buenos Aires. Y en el de 1943, un anticipo de su futura Estructura social de la Argentina, obra fundacional de lo que Germani consideraba sociología científica, basada en un uso riguroso de los datos. Una anécdota contada por el Prof. Eduardo Prieto lo pinta de cuerpo entero. En 1941, Prieto era presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, y Germani, miembro del Centro, militante antifascista y socialista. Cuando la invasión de la URSS por Hitler, que prueba la falacia del pacto Hitler-Stalin, muchos militantes del Centro intentan echar a los comunistas, y hasta se producen escenas de pugilato. Germani, muy respetado entre sus compañeros, advierte que no era momento de dividirse, y que los jóvenes comunistas no tenían la culpa de los enjuagues políticos de Stalin. Logra, así, mantener la unidad. Años después, la política de Perón se ensañó con la Universidad, y las carreras de humanidades quedaron en manos de las fracciones católicas más retardatarias. Esa ofensa a la inteligencia nunca se restañó del todo. Yo misma estuve en la fila de alumnos que, en el hall de entrada de Viamonte 430, sacó literalmente a patadas en septiembre del 55 al decano Serrano Redonnet. A partir de ese momento todo cambió en Filosofía y Letras. Pasábamos la mayor parte del tiempo en la Facultad: volvían los profesores del exilio, íbamos a todas las clases, se hacían asambleas todo el tiempo, volvían a leerse autores prohibidos. Los estudiantes de filosofía nos enteramos de que en un edificio de Florida al 600 se estaban dictando las primeras materias de las nuevas Carreras. Comencé a asistir a las fascinantes clases de Germani, informal, sin saco ni corbata, que llenaba el pizarrón de datos y nos abría la cabeza a la historia del mundo. Me gradué en febrero de 1959. Meses antes se había creado el CONICET y obtuve mi primera beca. Germani fue desde entonces mi director. En los primeros años 60 trajeron al Instituto la IBM 101, la primera computadora de la Facultad, grande como un escritorio. Los “cuadros” se preparaban en un tablero enorme, lleno de cables y enchufes. Recuerdo como si fuera hoy cuando, con los datos del Censo Universitario de 1960, hice un enorme cuadro con las cifras del origen social de los padres y abuelos de los estudiantes, por Faculta | |



